Reseña de Bolivia en Blanco y negro

Fotografías del Archivo de La Paz

Pilar Mendieta, Eugenia Bridikhina y Lupe Mamani (Coordinadoras).

Plural Editores et al, 2013.

ImageComo escribidor de historia y fotógrafo, compré en la Feria del Libro de La Paz, con gran expectativa, el libro Bolivia en Blanco y negro – Fotografías del Archivo de La Paz, editado en febrero de este año por Plural, el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia, la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia y la Cooperación Regional Francesa para los Países Andinos.

El ejemplar no es barato, pero a la vez ningún libro de fotografía es ni puede serlo, si se quiere que las imágenes sean apreciadas en la calidad que merecen. El papel es magnífico, la reproducción de las fotos es buena, el diagramado es conservador y la edición es digna de Plural, la editorial más pulcra del país. Casi podría decirse que el ejemplar es bello.

Donde empiezan los problemas es en la concepción del libro. Porque la obra no se decide qué ser. No es un libro de fotografía. No es un libro de historia. No es un catálogo. Quiere ser las tres cosas, y termina no siendo ninguna. No es, ciertamente, “un libro sobre la historia de Bolivia a partir de las fotografías conservadas en el Archivo de La Paz, comentadas por treinta y cuatro autores…” como afirma en el prólogo Ana María Lema, ex directora de la ABNB. Y no lo es porque salvo excepciones, la vasta mayoría de los 34 autores no menciona las fotografías. La mayoría pasa de largo y las ignora. O hacen una referencia tangencial obligada que sólo revela desconocimiento de los elementos de la iconografía nacional.

Con importantes excepciones, varios de los artículos están redactados en la forma vacua en que la Carrera de Historia de la UMSA nos tenía acostumbrados en la década de 1990, con aquellas historias en fascículos sobre aspectos absolutamente específicos y que aportan bien poco, si acaso algo: “El concepto de niño es una construcción que nace a mediados del siglo XIX y se afianza en el siglo XX en los países occidentales”. ¿A qué lugar interesante o útil se puede ir, por ventura, desde semejante punto de partida?

En resumen, la mayoría de los textos no acompañan a las fotos. Son los eternos resúmenes escolinos sobre el liberalismo o la Guerra del Chaco, repetidos ad nauseam. Ni siquiera el formato es uniforme. De 34, hay tres capítulos valiosos. Acaso alguno más. Las excepciones son Mariano Baptista, Salvador Romero Pittari, Eugenia Bridikhina y Françoise Martínez, que aportan algo nuevo. Pero, otra vez, este no es, no debiera ser, un texto de historia según el término convencional.

En un libro que no debiera intentar abarcarlo todo, ni el texto ni las fotografías que tienen por sujeto a Felipe Quispe justifican su existencia. Si en un libro dizque de fotografías, las imágenes relacionadas con Quispe son francamente malas y no hablan por sí mismas, ¿por qué debería existir un artículo al respecto?

Asimismo, hay tres artículos acerca de los movimientos y las luchas sociales, cuyas imágenes, salvo una, podrían haber sido tomadas en esta semana y no destacan por absolutamente ningún mérito. Ergo, si este dice ser un libro “de fotografías”, y éstas no tienen mérito ni histórico, ni fotográfico, ni estético, ¿Cuál es la razón de la existencia de los artículos?

De todos los autores, el único que hace un verdadero esfuerzo respecto de las fotografías del período que le tocó, es Mariano Baptista. Mariano se da el trabajo de señalar a los personajes identificables del Partido Republicano (se salta a Froilán Zambrana y tengo mis dudas de que un personaje identificado sea José Manuel Pando, pues la toma parece posterior a 1917). Pero este texto explicativo de Baptista está a dos páginas de distancia de la fotografía mencionada, con todas las incomodidades que ello implica.

Entonces, el pecado capital del libro Bolivia en blanco y negro no son principalmente los textos (que sí son un problema). La principal cojera es la ausencia de pies de foto que merezcan el nombre de tales. Porque las fotografías sin identificación de personajes, fechas y lugares valen mucho menos que aquellas que contienen aquellos datos.

Las coordinadoras del libro, historiadoras todas ellas, podrían y debieran haber hecho un esfuerzo, aunque fuera mínimo, por incluir por lo menos algunos datos en aquellas fotografías en las que era posible hacerlo.

Salvo excepciones, no sabemos quiénes tomaron las fotografías extraordinarias que aquí se presentan. Por ejemplo, sería importante saber quién fue el autor de las imágenes de la Guerra del Pacífico, sólo 23 años después de la Guerra de Crimea (1853-56), la primera guerra fotografiada, cuando las cámaras eran tan grandes como muebles.  Quiénes y cómo tomaron esas y tantas otras fotografías, bajo qué circunstancias. Dónde están y si se preservan los negativos o si sólo tenemos las imágenes en papel.

Si no es posible datar con precisión una fotografía, al menos se puede intentar situarla dentro de una década: si hay sombreros de paja planos, es la década de 1920. “Pueblo paceño”, “Pueblo de Yungas” es insuficiente. El “pueblo de Yungas” es evidentemente Santa Rosa, para cualquiera que haya transitado el Camino del Inca de Takesi. ¿“Primer automóvil”? Se sabe que esa fotografía muestra a Arthur Posnansky, con el primer vehículo a motor que circuló en el país. Está incluida en uno de los tomos del IV Centenario de La Paz (1948). Por el modelo de vehículo, todavía tipo carroza, podemos situarlo a partir de 1910. ¿“Carretones en Beni”? pero detrás hay un avión Curtiss P-46, lo cual sitúa la imagen probablemente en la segunda mitad de la década de 1940. Otra fotografía incluye la inscripción manuscrita “Fortín Alihuatá, 1927”. ¿Por qué no incluir ese dato en el pie de foto? Y otra más, en las que se muestra a un grupo de jóvenes mujeres indígenas desnudas en pose sugerente durante la Guerra del Chaco. La inscripción manuscrita dice “Bataclanas”.[*] En las dos ediciones de su Historia ilustrada de la Guerra del Chaco, Mariano Baptista explica a estas mujeres como pertenecientes a la etnia mataco, y que fueron utilizadas por los oficiales para prestar servicios sexuales. La obra está en otras iconografías del Chaco. ¿Por qué no utilizar esta información disponible en el pie de foto?

¿Y por qué no mencionar que la imagen titulada “Vista del Illimani” es la que utilizó Arturo Borda para plasmar en pintura su icónico “Illimani” de 1944? Dato para las historiadoras del AdLP: la fotografía fue tomada por Hermann Schroth, uno de los primeros pilotos de los Junkers del LAB.

Sigamos. El artículo correspondiente a la Guerra del Chaco no hace ninguna mención a las imágenes que lo acompañan. Aunque se debe decir que las fotos tampoco acompañan al artículo, porque ¡tampoco son fotos de la Guerra del Chaco! salvo dos o quizás tres de las ocho. Las fotos 1, 2 y 6 fueron tomadas en la década de 1920, de acuerdo al estilo de los uniformes. Las fotos 7 y 8 corresponden a décadas después de la contienda, tienen escaso valor documental y ninguno fotográfico. Las fotos 4 y 5 sí fueron tomadas durante la Guerra (por los elementos que contienen), pero quién sabe si en el Chaco.

La foto 3, si bien fue captada en Boquerón, parecería corresponder al incidente del fortín Vanguardia, en 1928: otra vez, por los uniformes. Pero démosle el beneficio de la duda. Por la calidad de la imagen, se trata de un negativo grande, en placa de vidrio y por ende de una cámara grande. Si fue durante la guerra, ¿cómo salió del cerco? ¿Quién fue el fotógrafo? Todo lo anterior nos señala a diciembre de 1928.

Más adelante hay valiosas fotografías con títulos obtusos e insuficientes como “Mujeres de la elite”, “Niño / Niña de la elite”. Ni una palabra sobre la magnífica imagen titulada simplemente “Grupo de niños”, que se asemeja a alguna fotografía del gran Martín Chambi. En esta, situada en las décadas de 1910 o 1920, se ve a un grupo de niños, a todas vistas en un cumpleaños de clase acomodada, algunos vestidos de marineritos y todos muy elegantes. A la izquierda hay un niño pequeñito vestido con frac y guantes blancos, que lleva una pequeña bandeja con un vaso de agua y ceño fruncido y enternecedor. No es un invitado, pues es el único que no está en contacto físico con el grupo amontonado y enjaezado. Es un niño sirviente. Todo un tratado sociológico y un ícono representativo de la época. Y en el artículo, ni una palabra sobre esta poderosa imagen, pero sí sobre aprendizaje memorístico.

Hay otros capítulos, como el titulado “Fotografías pre y post 1952” (período que abarca de 1935 a 1964, en el que se suceden acontecimientos tan diferentes entre sí como el socialismo militar, el sexenio y la Revolución Nacional). ¿Cómo, con qué criterio en este mundo, es posible agrupar fotografías de una etapa con contenidos tan completamente diversos? Pues como Ud. se imagina: no se puede. Y el resultado es el de esperarse: una ensalada inclasificable. Y más allá, titular  como “Coqueteo neo-liberal” etc. a los regímenes de Ovando y Barrientos…

Sin contar introducción, prólogo, índice, bibliografía y referencias, Bolivia en blanco y negro incluye 103 páginas de textos y 114 páginas que contienen 205 fotos. Aproximadamente dos tercios de las imágenes son valiosas en sí mismas como documentos. Un tercio de ellas son demasiado actuales para ser calificadas de “historia” y/o no poseen ningún valor fotográfico. Algún día unas pocas de ellas adquirirán valor histórico, pero no pronto. Evidentemente, si algo muestra el libro Bolivia en blanco y negro, es que el Archivo de La Paz es el repositorio de un verdadero tesoro iconográfico.

Pero también que en Bolivia los historiadores están lejos de apreciar a la fotografía —a las fotografías— como documentos valiosos en sí y por sí mismos. Tal como sucede en el periodismo nacional, las imágenes “apoyan”, “ilustran” una historia, pero no son consideradas la historia misma. Y tantas de estas fotografías son más valiosas en sí mismas, que otros tantos testimonios o estudios mal logrados.

Una obra como esta necesitaba, tanto o más que un coordinador, un curador. Había que enfocarla como una muestra fotográfica, o en el peor de los casos, como un catálogo, mucho más que como un libro de historia, que no logra ser.

Finalmente, Bolivia también cuenta con los valiosos archivos de los estudios Cordero y Gismondi, que merecen mejor atención por parte de quienes debieran ser los encargados de preservarlos, o perderemos pronto el núcleo de nuestra historia iconográfica. Pero también necesitamos historiadoras que se interesen, verdaderamente, por la fotografía como fuente y no como mero “apoyo” de la historia escrita. En el balance final, el libro merece tenerse, porque, precisamente, las imágenes valen por sí mismas.

FIN


[*] (Argentinismo/lunfardo) bataclana. s. F. bailarina (de cabaré o variedades); mujer más o menos atractiva, coqueta, desenfadada y exhibicionista. En sus dos acepciones, esta palabra es despectiva. http://espanol.answers.yahoo.com/question/index?qid=20081120214102AAB6XB8

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