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Con ese título se presenta una segunda exposición de este fotógrafo en La Paz. La exposición se abrió al público el martes 12 y se inauguró con la presencia del artista el 19 de agosto. La muestra está en la Sala de Exposiciones del Espacio Patiño, (Av. Ecuador, 2503, edificio Guayaquil). Estará abierta hasta el lunes 1º de septiembre.

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Javier Iparraguirre (Buenos Aires, Argentina, 1975), es psicólogo y fotógrafo artístico. Ya expuso en Bolivia, el año 2012, la serie titulada Los Huesos de la Memoria, que fue declarada de interés cultural por la Secretaría de Cultura de la Presidencia de la Nación, de su país, en abril de ese año.

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La muestra está compuesta por 44 fotografías realizadas en soporte analógico, rollo de película en blanco y negro, revelado y positivado sobre papel RC. El fotógrafo presenta un texto que acompaña el catálogo y la exposición, que dice:

“Sobre la exposición Javier Iparraguirre menciona lo siguiente: El ruido ha enceguecido el pensamiento, lo prueba su imprescindibilidad. Pero hay un límite, de eso se encarga la vida.

En el arrojo vivencial por cambiar todo, el silencio de los árboles resiste, como todo lo bello. El no haber podido transformarlo –la génesis de todas las parafernalias anidan allí– nos recuerdan los límites de la vanidad del hombre moderno.

Donde termina esta imposibilidad comienza la esperanza de estos tiempos, en lo más cercano y lejano de cada ser.

Los árboles siguen ahí, esperando, y como en una especie de colmo de la piedad, silenciosamente”.

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El espectador debe soportar el impacto negativo en las imágenes de los vidrios difusos con que se han enmarcado las fotos. La textura de la superficie de los vidrios, acentuada por el efecto de la iluminación de la sala, concentrada en cada pieza, perturba notoriamente la lectura y apreciación de las imágenes, de por sí valiosas.

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El espectador que visite la exposición no debe esperar encontrarse con fotos maravillosas, ni con trucos ópticos o de laboratorio ni con sofisticaciones técnicas. Tampoco encontrará paisajes de ensueño ni temas dramáticos. Son fotografías normales, tradicionales, en blanco y negro, hechas con película de rollo en blanco y negro, positivadas con ampliadora sobre papel con emulsión de gelatina de plata. Las imágenes, tal como se muestran, aparentan haber sido tomadas con la cámara fotográfica a mano alzada, en horas diurnas, con iluminación natural, más bien suave, de día nublado.

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No obstante esa “normalidad”y la ausencia de “sorpresas”, la exposición sí vale la pena, porque vistas las fotos una por una y en conjunto, adquieren un significado especial. Como queda claro por título de la muestra “El silencio de los árboles”, se trata de árboles. Lo que sí es una imposición del autor, pese a lo que dice el título y el texto que acompaña la muestra, es el silencio de las imágenes de los árboles. Las imágenes son silenciosas, no incorporan los sonidos peculiares de los árboles cuando son mecidos o batidos por el viento, o el de las gotas de lluvia que caen sobre ellos, esos sonidos individuales de cada especie y de cada árbol según la forma con que logró crecer, sonidos suaves, normalmente sofocados por el bullicio urbano, porque sí, se trata de árboles en espacios urbanos. Los sonidos en el silencio de la muestra son incorporados por la memoria de cada espectador en su experiencia personal con los árboles.

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El conjunto adquiere significado como tal porque presenta una manera de mirar, de sentir, de registrar esos seres tan maravillosos. La mirada de Iparragirre se muestra aquí: serena, solidaria, contemplativa. Mira extasiado hacia el cielo por entre las hojas o las ramas secas de los árboles; mira sus raíces constreñidas por las jardineras o el mobiliario urbano en las calles o parcialmente tapadas por las hojas secas; mira los troncos que superaron los corsés de cemento o de hierro con que se pretendió sujetarlos y guiarlos cuando eran tiernos. Ahí esta el valor de la exposición. Esa mirada, la del autor, que al mismo tiempo que nos muestra su mirar, se apropia de nuestros ojos y de nuestra alma y con ellos los contempla y convoca las memorias auditivas de los árboles de cada uno que las mira.

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