“San Isidro labrador” es el título y tema de una exposición que presenta el Museo Nacional de Arte, que se inauguró el pasado viernes 4 de septiembre y estará abierta al público hasta el 25.

El museo ha venido presentando en los últimos años exposiciones temáticas sobre asuntos relacionados con las tradiciones y la cultura popular. Ejemplo son las referidas al Tata Santiago – “Illapa”, y al “Thio” divinidad del interior de las minas. En esta oportunidad la exposición curada por José Bedoya Sáenz y Fátima Olivarez tiene que ver una vez más con los usos y costumbres rurales relacionadas con los ciclos naturales y las labores agrícolas.

San isidro labrador es un santo que gozan unidos de gran devoción en la América rural y agrícola. La fiesta conmemorativa es el 15 de mayo de cada año. El lugar de mayor veneración es en Madrid, de donde fue oriundo, y en toda Castilla, en España. Su conmemoración tiene que ver con los ritos y tareas de la tierra durante el verano y el acopio de alimentos y reservas para el invierno, en el hemisferio norte. En la mitad sur del planeta la conmemoración está relacionada con los ritos propiciatorios de preparación de la tierra antes del solsticio de invierno.

Está exposición se ha realizado con base en las colecciones del propio museo y forman parte de la misma numerosas pinturas con el tema del santo, unas originales del periodo colonial, otras réplicas o falsificaciones que décadas atrás decomisó la Aduana Nacional, algunos retablitos populares y algunas obras bidimensionales y tridimensionales realizadas por artistas activos con lenguajes “contemporáneos’, como paisajes, tapices, telares e instalaciones realizados por Isabel Garrón, Galo Coca, Sandra de Berduccy, Roberto Mamani y Gabriela Benítez Ávila.

La exposición es pobre. El tema de la exposición daba para mucho más. La curaduría parece inexistente.

En todo caso, destaco la obra de Gabriela: “Llullurimun”, palabra en quechua que implica el rito de purificación y sanación. Esta joven artista tiene ya una trayectoria destacada en la que se puede mencionar como ejemplos la producción en video arte “Pepitas de oro”, de 2009, referida al río Choqueyapu, así como la instalación-performance “Árida”, 2013, en el Cementerio Jardín Kantutani, en La Paz.

Gabriela Benítez, “Llullurimun”, 2015, instalación.
Gabriela Benítez, “Llullurimun”, 2015, instalación.

La instalación múltiple de esta artista está compuesta de dos postes de madera que, a modo de puente, sostienen una escalera de madera dispuesta horizontalmente. Los postes y la escalera están unidos al espacio del museo mediante zapatas, cuñas y soportes, y entre sí mediante sogas y tiras de cuero, según la manera tradicional de amarrar la madera. De los barrotes de la escalera penden, mediante largas cuerdas, siete filtros de cerámica que contienen agua que al atravesarlos gotea purificada sobre recipientes colocados debajo. Estos son ollas, botijos y platos de cerámica y bateas de madera, cuencos y tutumas, en las que el agua purificada chorrea lentamente de una a otra hasta llegar a las de más abajo. Al lado izquierdo de la instalación, junto a al poste están dispuestas dos cestas de mimbre que sostienen diversas piezas, en la primera semillas envueltas en arcilla, usadas en el campo para sembrar especialmente árboles; y en la segunda fragmentos de cerámica (ollitas y platos) de uso doméstico y cotidiano, para tostar semillas y granos, así como algunos instrumentos musicales de viento (ocarinas).

Es la tercera vez que la artista presenta esta instalación aunque modificada. Una primera versión la realizó el año 2013 como parte de unos ritos de sanación. La segunda vez la expuso en la Alianza Francesa de La Paz, como parte de una exposición individual de obras. Ahora se presenta como por su relación con los ritos propiciatorios antes mencionados.

En la instalación la artista ha querido reunir y representar los cuatro elementos de la naturaleza: agua, tierra, fuego y aire, sin los cuales no hay vida y con los cuales la vida se renueva constantemente. El agua es el más claramente perceptible insumiéndose en las piedras filtrantes y goteando purificada en los recipientes que están debajo. La tierra y el fuego están presentes real y simbólicamente en las piezas de cerámica que están, tanto recibiendo el agua limpia, como reunidos en las cestas. El aire está presente como el ámbito en el que se trasmite el sutil sonido del agua que gotea de los filtros y correa de un cuenco a otro, así como está simbolizado en los instrumentos de viento como las ocarinas.

Gabriela Benítez, “Llullurimun”, 2015, instalación, (Detalle).
Gabriela Benítez, “Llullurimun”, 2015, instalación, (Detalle).

Esta instalación implica para la artista la rememoración de ritos de purificación, de lavado y de sanación que ella ha tenido que experimentar para sí misma. Le rememoran momentos pasados de salud quebrantada causada paradójicamente por una súbita alergia al agua, y los ritos de limpieza que realizara en ella un chamán en las riveras del lago Titicaca. Le rememoran también los momentos que tuvo que enfrentar la disyuntiva de seguir trabajando con arcilla y agua, con cerámica, es decir seguir siendo artista, u optar por otra profesión y otra forma de vida.

Para el público no es fácil leer y entender los lenguajes artísticos y simbólicos de las instalaciones. Sin embargo, creo que Gabriela ha logrado en esta oportunidad transmitir las ideas sobre los elementos y la purificación, más allá de que el espectador pueda conocer o no la historia personal de sanación testimoniada en la obra. Por eso creo que es una instalación bien lograda, armónica, sugerente y atractiva a la mirada del espectador, que además encaja perfectamente dentro de la temática de la exposición organizada por el Museo.

Gabriela Benítez, “Llullurimun”, 2015, instalación.
Gabriela Benítez, “Llullurimun”, 2015, instalación.
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