"Gilka Wara Libermann. 1985-2014", 2015.
“Gilka Wara Libermann. 1985-2014”, 2015.

La presentación de un libro de arte como este titulado Gilka Wara Libermann. 1985-2014, es el resultado de muchas tareas interrelacionadas, entre ellas la de ser autor; es también una transacción y una intermediación entre lo que se quiere y lo que se puede. Los libros normales están llenos de textos, tienen letras y palabras, pero no son las palabras. La palabra es la palabra, no la escritura. Un libro de arte es una transacción más compleja aún. Es mostrar en láminas lo que no se puede poner en láminas. Una pintura es una pintura, no es una lámina impresa.

Pintura boliviana del siglo XX, 1989.
Pintura boliviana del siglo XX, 1989.

El hacer un libro implica una serie encadenada de pequeñas y grandes decisiones hasta llegar al producto final. Aunque mucha gente me considera curador de arte, yo me defino como historiador del arte que, como parte de su desempeño hace libros de arte.

Se mencionó al inicio del acto que éste es el sexto de una colección de libros de arte que he producido como editor independiente. Efectivamente, buena parte de mi ejercicio profesional lo he dedicado a esa tarea, primero escribiendo artículos sobre arte y después y luego haciendo libros. Antes de iniciar la referida colección, edité y produje varios. El primero fue: la Pintura boliviana del siglo XX (1989), editado por el BHN; más adelante: La Placa (1990); Las misiones jesuíticas de Chiquitos (1995), El dibujo en Bolivia (1996), ambos editados por la Fundación BHN; Los pintores bolivianos en la Guerra del Chaco, en el libro “Chaco trágico, flora doliente y angustia de los Hombres” (2008), editado por la Fundación Simón I. Patiño. He editado y producido dos libros de fotografía: La Paz, ciudad de luz, magia y tradición (1991), editado por la Alcaldía de La Paz, y Luigi Domenico Gismondi. Un fotógrafo italiano en La Paz (2009), editado por FAUTAPO, además de colaborar en otros como: Fotografía Max. T. Vargas Arequipa y La Paz (2015), compilado por Andrés Garay Albújar, y publicado por la Universidad de Piura, en Perú.

La Placa, 1990.
“La Placa”, 1990.

Durante cuatro años, 2001-2005, trabajé en la Organización Internacional del “Convenio Andrés Bello”, en Bogotá, Colombia, como Coordinador del Área de Cultura. Parte del trabajo implicó realizar muchos viajes a diversos sitios. Entonces vi con claridad la importancia de los libros de arte, por cual reforcé mi intención de seguir produciéndolos. (Estando en el CAB logré la publicación de cuarenta libros sobre patrimonio cultural, investigaciones sobre economía y cultura, legislación cultural, ciudades imaginadas, nuevos narradores, nuevos músicos, etc.).

La Paz, ciudad de luz, magia y tradición, 1991.
“La Paz, ciudad de luz, magia y tradición”, 1991.
“Luigi Domenico Gismondi. Un fotógrafo italiano en La Paz”, 2010.

Los libros son una necesidad, y, como parte de las intermediaciones culturales, son una manera fundamental de construir memoria. Cuando un artista expone su obra, lo frecuente es que a veces se haga un folleto o catálogo, pero la mayoría de las veces no. Como muchos investigadores, he padecido para conseguir datos sobre los artistas, sobre las series de sus obras expuestas en tal o cual oportunidad y lugar y, eventualmente, el paradero de las mismas. Por eso he insistido constantemente en que todas las exposiciones individuales y colectivas deben tener catálogos porque en el largo plazo son referentes circunstanciales del quehacer artístico, con los cuales se construye esa memoria.

“Las misiones jesuíticas de Chiquitos”, 1995.

Durante la experiencia en el CAB pude ver que en los países vecinos, hasta los artistas más jóvenes contaban con libros publicados sobre su obra, no se diga de artistas de larga trayectoria y renombre. ¿Cuántos hay en Bolivia sobre Marina Núñez del Prado, María Luisa Pacheco, Arturo Borda, Cecilio Guzmán de Rojas, por citar artistas renombrados y conocidos? Por eso, al retornar al país tras la experiencia en Colombia, propuse a varias personas y entidades un plan para producir una colección de libros de arte y editar uno por año, referidos preferentemente a los artistas jóvenes. Así se inició la colección y se publicaron: Guiomar Mesa (1909), Keiko González (2011), editados por la Fundación esART; Yolanda de Aguirre (2010) y Arte contemporáneo en Bolivia, 1970-2013. Crítica, ensayos, estudios (2013), editados con otros patrocinios y ahora: Gilka Wara Libermann. 1985-2014 (2015).

“El dibujo en Bolivia”, 1996.

En ese contexto, Gilka Wara me pidió que le ayudase a producir un libro sobre su obra. Acepté su encargo y, como en las obras precedentes, empecé la tarea consultando fuentes primarias y secundarias, recopilando, revisando y analizando todo el material impreso que me entregó, tanto catálogos, revistas, periódicos, así como textos referidos a su obra, de autores como Julio de la Vega, Yolanda Bedregal, Armando Godínez, Mario Ríos Gastelú, Elizabeth Salgueiro y otros. Como parte del encargo, además de sistematizar la información, produje un texto original de análisis y comentario sobre su obra.

“Chaco trágico, flora doliente y angustia de los hombres”, 2008.

Gilka Wara me entregó también archivos con las fotografías de sus obras reunidas en carpetas correspondientes a cada exposición, que hubo que revisar, limpiar y adecuar y hacerles pies de foto. Un artista en el desempeño de su tarea es capaz de hacer mezclas infinitas de colores cuyo resultado son las obras de arte. Al tratarse de un libro de arte, las fotografías son una intermediación trascendental, pues su calidad y resolución son determinantes para lograr un resultado óptimo. Con relación a esto, se sabe que el ojo humano de una persona es capaz de distinguir más de 40.000 colores y que un ojo entrenado, como los de los artistas, es capaz de distinguir 70.000. Una fotografía no reproduce esa riquísima variedad de matices y tampoco una imprenta. Las películas analógicas de fotografía y los sensores digitales registran los colores con base en tres capas o lectores: azul, cyan y verde. La combinación resultante puede ser muy grande y variada, pero nunca tan alta como la del ojo humano. Las imprentas trabajan con cuatro colores: amarillo, rojo, azul y negro, que combinados producen también una amplia gama de matices. En algunos casos las imprentas pueden recurrir a desdoblar las capas de color y añadir otros para multiplicar las variantes en las gamas cromáticas, pero por muy ricas que estas sean, son menores que las de la fotografía y están muy por debajo de las posibilidades de percepción del ojo humano.

“Guiomar Mesa”, 2009.

Por eso es que hablo de transacciones, por las complicaciones implícitas en el proceso de ir adaptando lo ideal dentro de lo posible. Uno quisiera reducir la obra original, con toda su riqueza, y ponerla en una página, pero eso no es posible, además de que con sólo reducirla de tamaño ya se estaría haciendo una intervención y una transacción perversa, y ahí es que entra la fotografía.

“Keiko González”, 2011.

En el proceso editorial hay que seleccionar las mejores imágenes de las mejores obras; hay que reunir los textos preexistentes y editarlos, acotarlos, escribir nuevos textos, construir una hoja de vida detallada y precisa y una bibliografía comprobada; en otras palabras, pensar el libro de manera armónica incorporando la mayor cantidad de información posible. Los libros de arte actualmente tienen que tener muchas láminas de color pero eso no basta. También requieren de textos adecuados que contextualicen la obra de los artistas. Eso es lo que he hecho en el caso del libro recién presentado.

PQ,2012,Bastos deA,Y
“Yolanda Aguirre”, 2010.

Creo que el libro ha quedado bien. Es un libro excelente. Sin embargo, nunca dejo de tener claro que es una transacción entre lo deseable y lo posible. No obstante las limitaciones descritas, un libro de arte tiene la gran virtud de mostrar lo que una o un artista ha hecho. Es como un camino cuyo tránsito siempre es de doble vía: no se tiene a las obras delante de uno, pero en contraposición se tiene la posibilidad de mirar y ver de manera casi simultánea muchas de ellas reunidas y de poder hacerlo una y otra vez. Por eso los libros son una maravilla y por eso son tan valiosos en el proceso de la construcción de la memoria de una sociedad.

“Arte contemporáneo en Bolivia, 1970-21013. Crítica, ensayos y estudios”, 2013.

Agradezco a quienes me han ayudado a producir este libro sin cuya colaboración la obra hubiera sido imposible: a Gilka Wara que me confió la tarea; a Lucía Querejazu, Claudia Calerno, Víctor Hugo Machaca y Reiko Yamada que me ayudaron con los textos; a Patricia Tordoir que hizo la traducción al inglés; Susana Machicao que hizo la cuidada y bella diagramación y maqueta electrónica; a Artes Gráficas Sagitario por la magnífica impresión, y a BISA Seguros y Reaseguros S.A. por financiar la producción de esta obra.

En resumen, es posible lograr un libro gracias a la colaboración de muchas personas y entidades. Es un producto cultural y artístico de colaboración inter y multidisciplinaria. Algo ha debido estar bien hecho cuando dos de los libros que he producido han sido incorporados en la Colección de 200 obras del Bicentenario que se publicarán en el país entre este año y el 2025; estos son: la Pintura boliviana del siglo XX y Las misiones jesuíticas de Chiquitos.

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